8.3.12

skin come off


- Hola, pelirrojo – Su sonrisa, pintada de un fuerte rojo pasión, se pinceló en su bonito rostro de una manera majestuosa. A veces, cuando las dudas y el temor me acuciaban, me permitía la debilidad de admirar a aquella sorprendente mujer. Ella alzó sus menudos brazos en dirección mía, tentándome, tejiendo su telaraña personal. Nunca tendría claro si sus brazos eran las puertas del paraíso o del infierno - ¿Por fin te has decidido?

- No – contesté con sinceridad mientras me acercaba a ella. Descifrar mentiras  había sido uno de nuestros pasatiempos favoritos. Ya no, sin embargo.

- ¿Qué haces aquí entonces, Lucas? – Me senté en la cama, muy próximo a ella pero siempre dándole la espalda. Observar sus ojos azules me turbaba, entumecía mis sentidos y creaba cortocircuitos en mis pensamientos.

- Creí que podía manejarlo. Creí que podía conseguir ser feliz sin herir a nadie por el camino. Me equivoqué – Tapé mi rostro con mis manos, avergonzado. Debería haberle hecho caso desde un principio. Aria era el pecado en persona, pero el pecado no dista mucho de la verdad en sí. Tan atrayente que amortigua el golpe. Todo el mundo quiere poseerla, a cualquier precio, incluso si eso significa perder la esencia.

- Oh, vamos, Lucas – Sus brazos me abrigaron y cuando sus manos se toparon con las mías, sentí su aliento acariciándome la oreja – No te castigues tanto. Somos humanos, al fin y al cabo. Erramos, es ley de vida – Sus manos alejaron las mías de mi rostro, como si quisiera quitar una máscara que llevaba soportando durante mucho tiempo. Entonces, su menudo cuerpo se enfrentó al mío, corpulento, sin miedo, como siempre había sido… y sus ojos, sus  inquietantes ojos se posaron sobre los míos con la seguridad de un torbellino. ¿Cuán fácil podría ser todo para ella? Nunca cuestionándose nada, viviendo a base de impulsos sin importar las consecuencias.

- Te envidio – musité tan bajo que sonó más a una expiación de pecados que a una realidad patente.


- ¿Por qué, Lucas? – Contestó ella en susurros – Todo lo que yo tengo, todo lo que yo poseo, lo puedes tener tú. Incluso más. Solo si te lo propones. ¿No es eso, después de todo, a lo que has venido? – Sus finos dedos acariciaron mi pelo con dulzura, mientras sus ojos leían la verdad en los míos – Destino es una perra – Su ceño se frunció. Vi la frustración bailando en sus ojos –. Las señales que nos envía fallan todo el tiempo, rompiéndonos los esquemas. Y… ¿sabes qué? No tenemos por qué vivir a su antojo – Una de sus manos se deslizó hasta la entrada de mi chaqueta. Con caricias fue desnudándome el alma.

- Enséñame entonces - le supliqué - Enséñame a apagar estas voces, porque yo solo no puedo  –Sus labios rozaron los míos. El fuego se extendió por nuestros cuerpos y nuestras mentes cabalgaron sobre él. Compartimos el extravío de nuestras vidas palpitando en el roce.

- No es fácil dejar ir todo pero de vez en cuando es bueno para tu alma. Y al final del camino, cuando consigas encontrarte de nuevo, sabrás que tú siempre has sido tuyo y de nadie más. Yo solo soy la mano que te quita la venda. Disfruta, hoy es el primer día de tu vida.

Allí, desnudos en su cama bajo el amparo de la noche, los besos de Aria me descubrieron una nueva forma de respirar: mucho más oscura, mucho más letal… pero infinitamente más fácil de llevar. Mientras su cuerpo me hacía el amor, hechizándome con cada movimiento, mi mente navegó en el mar de sus ojos hacia un nuevo mundo. Un mundo del que no quise escapar.  Y si me pierdo y nunca vuelvo, procuraré no dejar mi estela al pasar. Porque, muy en el fondo, sé que entre el caos y el pecado encontraré de nuevo el punto de partida. 

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