6.1.12

Oh, Marie...

No podía mentirle. Nunca seríamos felices del todo porque hasta donde puedo recordar mi mente solo funcionaba con ellas. Y ella me dijo que las abandonase. Pero hubiese sido cruel ocultarle que desde siempre mi corazón y mente ya pertenecían a alguien más. Y ella me preguntó si la quería. Y una vez más, debí callarme. No debí decirle que no es que no la quería, sino que la amaba. Que amaba cada recoveco de su piel, de los destellos de su pelo rubio al amanecer y de sus labios con sabor a melocotón. Y ella lloró. Y no había nada en este maldito mundo que la hiciera parar. Dolía que le doliese. Pero más dolía pensar en ellas. Necesitaba estar con mis chicas. No sabía vivir sin ellas. Y ella dejó de luchar, y se fue dejando solo el eco de sus tacones rojos.

Y hubiese sido egoísta pedírselo. Pero oh, Marie, no te vayas. Una minúscula parte de mi cerebro disipó aquella neblina y pude ver a mi pequeña Marie riéndose, y acunándome en sus brazos mientras me cantaba aquella odiosa canción que aprendí a querer. Y entonces supe que sin ella no habría más días de verano, ni rayos de sol, ni esperanza. Entonces la neblina volvió a taponar mi cerebro.

Mis chicas me reclamaron y yo no quería decepcionar a nadie más. Me entregué a ellas sin reservas, aunque eso supusiese quedarme siempre en el lado frío de la vida.

2 comentarios: