- Eres un completo idiota, Gael – Liv sonrió con suficiencia.
- Sí, un idiota que te regala orgasmos como quién regala flores, guapa. Podrías ser un poco más agradecida por ello - “Será cerdo”, pensó Liv, desdibujando su sonrisa a la velocidad de la luz. Gael tenía el increíble don de avergonzarla a cualquiera hora, en cualquiera circunstancia.
- Yo diría que unas flores más bien pochas – farfulló cabreada.
- ¿Insinúas que no soy un buen amante? – Esa molesta ceja suya, se levantó con escepticismo e incredulidad. A pesar de todo, sus ojos decían que se estaba divirtiendo de lo lindo con todo esto.
- ¡Eh! Yo no insinúo nada. Si piensas así, por algo será – dijo desentendiéndose del tema. De repente el florero que tenía al lado le parecía de lo más interesante.
- ¿Liv?
- ¿Um? ¿Qué…? – justo cuando su cabeza se giraba para preguntar qué es lo que quería, Gael plantó un beso en sus labios. Un beso que no era ni tierno ni lleno de afecto, sino un beso que hizo que la tierra se tambaleara durante unos gloriosos segundos. O quizás solo fuesen las piernas de Liv las que se tambaleasen.
- Nunca vuelvas a cuestionar una de mis mejores virtudes o tendré que secuestrarte y encerrarte en una habitación hasta que tengamos un jardín lleno de magníficas flores – el resuello que desprendió con sus palabras acariciaron los labios de Liv con advertencia.
Una parte de Liv, la más primitiva, decidió que se lo cuestionaría todos los días de su vida; pero la otra parte, la más grande y sensata, se juró que nunca más diría una palabra sobre ello.
Me tienes enamorada con este par. ¡Qué pareja! Me vuelven loca, de verdad. Quiero leer más textos sobre ellos. Ah, y para Navidad pediré un Gael, ese Gael *-*
ResponderEliminarUn muàh, bonita.