Dicen que la mujeres tenemos un sexto sentido, que intuimos las cosas que suceden o van a suceder con extrema facilidad… A veces creo que me vedaron ese don o que en algún punto inexacto de mi corta e impulsiva vida, este sexto sentido quedó entumecido por el alcohol, las drogas y la rabia. ¿Cómo si no habría llegado entonces a esta situación?
No tenía más lágrimas que derramar. Ni si quiera dolía como antaño. Pensé que llegado el momento temería el vacío, pero sorprendentemente haberlo alcanzado supuso un alivio. No más ira, no más tristeza. Sola una infinita paz. De alguna forma, eso me preocupó.
El recuerdo de querer ser la princesa de un cuento de hadas había desaparecido junto a la suavidad de las sábanas de seda de su cama. Ahora yacíamos en un lecho de piedras y cada embestida se sentía como el desprendimiento de cada uno de mis miembros.
Nunca quise que Daniel me odiase, nunca quise odiarle yo. Todo esto era un caos. Un terrible y adictivo caos. Sentía como cada noche sus manos apretaban con un poco más de fuerza mi cuello. Y la maldita realidad es que no importaba cuan fuerte agarrase, siempre y cuando me dejase morir a su lado. Y no podía ser un deseo más patético, sobretodo desde que me había dejado de mirar a la cara si no era para dejarme claro cuanto asco le producía mi presencia. Podía sentir la costumbre y el hábito en cada uno de sus movimientos, ya no me quería. Me había convertido en parte de su rutina.
Existían momentos, momentos en los que planeaba huir, escapar sin mirar atrás. Pero entonces, su uñas se clavaban en mi piel con advertencia. Este era mi castigo, el castigo que él me había impuesto: Ser prisionera de un desconocido. Porque Daniel, el chico del que me había enamorado tiempo atrás, ya no estaba allí y cuanto antes lo aceptase más fácil sería de sobrellevar nuestro infierno particular.

No hay comentarios:
Publicar un comentario