Allí estaba, a la hora pactada en mis
sueños, en el mismo lugar en el que nunca acordamos quedar. Su vestido azul
bailaba acorde a los movimientos de sus caderas y su pelo se bamboleaba de un
lado a otro, raptando corazones desesperados entre sus mechones . Y hacía tanto
que no la veía que bajo la luz de los focos me pareció etérea, pero no era una
más que una bruja que había desmenuzado la palabra amor.
Ella se reía y danzaba y bateaba sus pestañas
de mariposa con la atención repartida entre medio bar y yo. Lo sabía porque que
tras su vaso de cristal, sus miradas de reojo me veían morir de desesperación y
envidia. Y yo bebía un trago tras otro,
como si ello pudiera ahogar y alcoholizar mis emociones hechas jirones. La sala
empezó de pronto a dar vueltas y más vueltas, pero siempre girando todo alrededor de
ella. Ella era el sol y yo un simple satélite más de su extensa galaxia.
Sus tacones empezaron a repiquetear en mi escala musical. Cada vez más alto, cada
vez más cerca.
- ¿Qué tal te ha ido todo? –me pregunta con
sonrisa traviesa. Apenas puedo balbucear nada cuando su perfume dulzón se extravía
por mi sistema. La imagino desnuda, jugueteando entre las sábanas de nuestro
falso campamento de devoción. Y la veo rendida en mis brazos de lobo solitario.
Y hay un cambio en mis sentimientos, en el odio y rencor que me carcomía al
haber sido hechizado casi sin mi permiso. De invierno a verano, solo existe
deseo y amor por aquella mujer, por la perfección y simetría de dos cuerpos enredados
en una maraña de promesas sin sentido.
Pero se va; la veo caminar hacia la salida
con otro hombre y mi mirada chispea destellos de ira y rabia. Aún puedo ver la
sonrisa de satisfacción que me dedica antes de desaparecer entre la multitud. Y
la maldigo con toda mi alma corrompida porque esa noche estaba decidido a
perseguir un fantasma.
Entre tumbos y empujones, me deslizo fuera
del local. Con la mente enturbiada por el alcohol, recibo la bienvenida de las
farolas vomitadas por corazones fragmentados. Caminé con la mirada cargada y
los sentimientos fijos. El mundo se estaba desmoronando y yo solo quería verla,
contemplar que clase de pérfida persona era. El mundo se hundía y yo sabía que
serían sus manos lo último que vería en esta puta vida.
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